jueves, 27 de septiembre de 2012

La crisis y la lucha popular.

La crisis no es un hecho meramente casual, sino que viene determinada por los propios fundamentos del capitalismo: medios de producción en manos privadas para el enriquecimiento de unos pocos, producción de bienes materiales sin control alguno, crecimiento ilimitado, consumismo desaforado (lo que, además de generar la llamada crisis de superproducción y los desequilibrios económicos asociados a la misma, conduce al agotamiento de los recursos naturales y a la degradación del medio ambiente), creación de todo tipo de burbujas inmobiliarias, crediticias, financieras...

Desde el estallido de la crisis económica, los gobiernos de turno (no importa si estos eran sociolistos o populares), a instancias de la Comisión Europea, el F.M.I. y el B.C.E., nos han impuesto toda una serie de medidas dirigidas a que seamos los trabajadores, los pensionistas, los desempleados, las clases populares en definitiva, los que paguemos las consecuencias de sus políticas codiciosas, de su ambición sin límites, de la crisis que ellos han provocado. En este sentido, debemos reseñar algunas de las medidas que se están adoptando a fin de conseguir que seamos efectivamente los sectores populares quienes corramos con los costes de la crisis:

-La última reforma laboral (que no hace sino desarrollar lo ya apuntado en la anterior, impuesta por el Gobierno Zapatero) es, sin duda, la más agresiva desde los tiempos del franquismo, y con ella, sorprendentemente, se pretende crear empleo abaratando el despido, facilitando una mayor desregulación de las relaciones laborales y otorgando un poder ilimitado al empresario para imponer sus condiciones en detrimento de los derechos de los trabajadores.

-La reforma educativa ha aumentado el ratio de alumnos por aula, ha precarizado de manera muy importante las condiciones laborales del profesorado, reduciendo a su vez las becas y endureciendo las condiciones de acceso a las mismas. Se impone de la forma más descarada una educación elitista y mercantilizada. Esto ya se daba, pero ahora se muestra en toda su evidencia.

-La reforma sanitaria, lejos de racionalizar el acceso a la salud pública de los ciudadanos, lo que persigue es que ésta deje de ser pública, universal y gratuita, dejando sin cobertura sanitaria a amplios sectores de la población, como ocurre con la población inmigrante, los mayores de 26 años que no hayan cotizado a la Seguridad Social (y éstos son muchos, teniendo en cuenta que la mitad de nuestra juventud se encuentra en situación de desempleo), o a gran parte de los trabajadores en paro que hayan agotado las prestaciones por desempleo. Fruto de esta misma reforma, nos encontramos con el repago farmacéutico, por el que los pensionistas tendrán que abonar un porcentaje de los medicamentos en función de su renta. Asimismo, los trabajadores tendrán que pagar un porcentaje mayor de los medicamentos dependiendo de su situación laboral y de su renta, también en los referente a prótesis, preparados dietéticos, en ambulancias que no se consideren urgentes, en tratamientos de diálisis, quimioterapia etc.. Por otra parte, se desfinancian 417 fármacos de uso común que hasta ahora eran gratuitos o estaban financiados. Podríamos hablar igualmente de la situación en que van a quedar muchas personas dependientes, a quienes también afecta de un modo especialmente grave esta llamada reforma sanitaria. Todo ello constituye un auténtico atentado contra los derechos sociales que tanto ha costado conquistar.

-Se están privatizando gran parte de los servicios públicos (siendo el objetivo privatizarlos absolutamente todos). Éstos servicios, lejos de abaratarse o de mejorar su funcionamiento, como de forma totalmente falaz y espuria intentan vendernos, no harán sino deteriorarse cada vez más. Los estrictos sistemas de seguridad en el ferrocarril, por poner un ejemplo, se relajarán o desaparecerán. La seguridad no es rentable. Y ya sabemos que la rentabilidad es lo único que importa a la llamada iniciativa privada. El único objetivo de estas privatizaciones es la de enriquecer a los de siempre, empobreciendo a la inmensa mayoría.

-El Real Decreto Ley de medidas para garantizar la estabilidad presupuestaria y de fomento de la competitividad, por el que se reducen las cotizaciones sociales empresariales, en detrimento de las arcas de la Seguridad Social, es también especialmente sangrante. El IVA, en su tramo general, sube de un 18% a un 21%, el reducido de un 8% a un 10%, existiendo productos como gafas, lentillas o material escolar que pasan de un 8% a un 21%; las retenciones de autónomos pasan de un 15% a un 21%; se les suprime la paga extraordinaria de Navidad a los funcionarios y empleados públicos (que, aunque los diferentes gobiernos intenten jugar la baza de la división, son también trabajadores, y algunos se sorprenderían de hasta qué punto está extendida la precariedad en las administraciones públicas). Se reducen significativamente las indemnizaciones del Fondo de Garantía Salarial a los trabajadores para casos de insolvencia o concurso de acreedores de las empresas.

Todas estas medidas tomadas por la llamada clase política, en connivencia con los poderes económicos y financieros a los que sirven, y con la inestimable colaboración de organismos como el FMI o el BCE, que carecen de ninguna legitimidad democrática (los políticos son elegidos mediante procesos electorales que no pueden ser calificados más que de farsas; y a estos últimos, a los organismos internacionales, no les elige absolutamente nadie), son, según ellos, necesarias, imprescindibles e inaplazables. Evidentemente lo que suponen es la abolición total y absoluta del pírrico Estado de Bienestar que hemos tenido durante unos pocos años.

Están desarrollando un golpe de Estado, que pretende eliminar de un plumazo todos los derechos adquiridos en décadas de lucha obrera y popular. Vivimos en un estado de excepción económico, social y político. Y esto último, el estado de excepción en su sentido político y policial, se pone de manifiesto con medidas como la reciente reforma del código penal, cuya intención represiva, fascista en el fondo y en la forma (el franquismo nunca terminó de irse en este país, sino que adoptó otros aspectos), es evidente. Al margen de la demagogia con que se ha presentado, el objetivo de esta reforma es sólo uno: dotar aún más al Estado de las herramientas para poder perseguir y criminalizar a la disidencia política.

El sistema capitalista desde su aparición ha ido desarrollando diferentes fases. Ahora nos encontramos en su etapa de dominio del capital financiero, de los monopolios y del imperialismo. La crisis económica que el capitalismo arrastra desde hace varias décadas, y que ha repuntado en los últimos años, impuso la necesidad de acabar con la producción industrial tradicional en los llamados países avanzados, impulsó la cultura del consumo desaforado, estimuló el desarrollo de las comunicaciones y las nuevas tecnologías de la información, los mercados (principalmente los mercados financieros) se desregularon, las empresas transnacionales extendieron la producción y las inversiones por todo el planeta, en busca de la rentabilidad más fácil, trasladándole desde Occidente a los llamados países emergentes, donde los salarios son significativamente menores y la legislación laboral es extremadamente laxa o simplemente no existe.

Todo esto nos ha llevado a un capitalismo financiero, especulativo, a una especie de economía de casino, que genera grandes beneficios a una pequeña parte de la población y sufrimiento y miseria para la mayoría, es una filosofía basada en la más absoluta de las codicias.

El sistema capitalista evidentemente ha demostrado ser capaz de generar una cantidad de riqueza ingente, pero que se distribuye de una manera cada vez más injusta, creando una brecha que ya resulta insoportable entre los más poderosos y el resto de la población. El capitalismo ha demostrado ser incapaz de dar satisfacción a las demandas de los ciudadanos.

Y en este contexto de malestar y crispación social donde un día sí y otro también, se producen manifestaciones, concentraciones, asambleas de trabajadores, huelgas, es donde el Estado muestra su faceta más represora, cargando brutalmente en las manifestaciones, deteniéndonos, identificándonos para multarnos, agrediéndonos por el mero hecho de exigir nuestros derechos como trabajadores, como ciudadanos, como personas, encarcelando en no pocos casos.

Salir a la calle es condición necesaria pero no suficiente para lograr nuestros objetivos. Resulta imprescindible la organización mediante la creación en los centros de trabajo, en los barrios o en los pueblos de asambleas, de comités de resistencia popular u otros organismos para hacer frente a las agresiones del capital; y no sólo para resistir o defendernos de estas agresiones, sino para ir creando las condiciones políticas, ideológicas y organizativas que en algún momento nos permitan pasar a la ofensiva e iniciar un proceso de superación del sistema capitalista, de transformación social revolucionaria. Mientras el capitalismo siga en pie no podremos hacer efectivos y permanentes los objetivos por los que luchamos.

 
¡¡SI TÚ NO DEFIENDES TUS DERECHOS, NADIE LO HARÁ POR TI!!
¡¡ORGANÍZATE Y LUCHA!!

No hay comentarios:

Publicar un comentario